martes, 29 de julio de 2008

Asterix, la playa y un señor idiota

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Los que bien me conocen saben que la playa y yo somos viejos amigos (incluso de niñez) pero que tenemos destinos y amantes muy dispares. Mientras que la playa aspira a atraer a miles de personas de toda raza y cultura, de cualquier clase y talla social, de educación fina o de malas maneras e incluso de todo tipo de sexos, este humilde servidor aspira a disponer en la vida de dulces ratos de sosiego en los que la gente no me moleste en mis ratos de ocio y disfrute.

Es por este motivo que si bien la playa es algo que me atrae más que a la mayoría de los mortales, pueden pasar varios años sin que la pise a fin de evitar que haya personas a menos de cuatrocientos metros en línea recta, una distancia que considero prudencial a fin de no ser molestado.

El lunes pasado me hallaba yo inmerso en mis resplandecientes vacaciones (léase: trabajar duro con el ordenador y responder todo tipo de llamadas del trabajo pero, eso sí, desde casa). Pues eso, que yo estaba de vacaciones y mi mujer me sugirió (léase: ordenó con sutileza) que podíamos ir todos juntos a la playa. Y que como éramos pocos, decidió convencer a una amable vecina y sus hijos para que vinieran con nosotros. Si en la amplia playa a la que fuimos hubiéramos estado solo nosotros, pues no digo que no hubiera sido un día interesante. Pero para llegar a esa situación hubiéramos tenido que espantar a las doce mil trescientas catorce personas que había allí mismo.

En estas circunstancias lo más apropiado es llevar una buena tienda de campaña donde hacerse fuerte o, cuanto menos, repartir a los niños (los propios) alrededor y que hagan las veces de brigada defensiva (suele ser eficaz). El problema es cuando llegas a la playa más tarde de las once y se puede asumir sin temor a equivocaciones que es el momento justo en el que los ciudadanos valoramos realmente el precio del metro cuadrado de suelo (en este caso, arena).

Dicho todo esto, volvemos a la mañana del lunes. Ya estábamos instalados bajo la sombrilla. Los niños junto al agua jugando. Mi mujer y la vecina enfrascadas en una ininteligible conversación sobre las virtudes de un artefacto llamado Termomix. Y ahí estoy yo que, discretamente, me pongo el sombrero de paja, gafas de sol y procedo a sacar de la mochila un ejemplar de “Asterix y el Escudo Arverno” dispuesto a leerlo por vigésimosexta vez (pero como si fuera la primera, eso sí).

Llevaba algo así como cinco minutos leyendo y empiezo a darme cuenta de la actitud de un individuo que, sentado en la sombrilla de mi derecha y acompañado por una familia digna de un cuadro de Picasso, hacía comentarios jocosos y despectivos sobre mi presunta mentalidad infantiloide por leer ese tipo de cosas. El pollo en cuestión, presumía de leer en la playa cosas más dignas tales como el “ABC” y “Expansión”.

Al poco, su señora (o similar) se unió a la fiesta y los comentarios intuyo que los hacían expresamente para que yo los oyera. “Este tío acaba de salir del colegio”.”Mira, la gente no es capaz de leer cosas para adultos”. “Mira, con dibujitos y todo”. O, la mejor: ”Seguro que sus hijos leen cosas más serias”.

En fin, la verdad es que no pasó nada. Doblé la visera de mi gorro de paja y me ajusté las gafas de sol a fin de concentrarme en lo mío, esto es, en Asterix, y dejé a ese pobre idiota para el cual parece ser más inteligente ver (que no leer, ni comprender, por supuesto) el diario “Expansión” que leer y disfrutar de un buen cómic con todos los sentidos.
Tengo que decir que tuve tiempo para acabar el libro completo (una vez más) de “Asterix y el Escudo Arverno”. Hice un par de dibujos. Llamé a la oficina para relajarme un rato con los problemas cotidianos. Y, finalmente, obtuve unas magníficas quemaduras de tercer grado por no haberme echado crema solar donde y cuando debía.
Después de todo esto me ratifico con más fuerza en que las playas españolas son magníficas, tienen unas instalaciones extraordinarias, las mantenemos limpias y libres de porquería. Pero no las limpiamos de idiotas.

Creo que pasarán otros nueve años antes de que alguien me convenza para ir a la playa. Salvo que mi mujer me lo sugiera, por supuesto.
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