viernes, 20 de noviembre de 2009

Tabletas digitalizadoras, el "ser o no ser" en el dibujo digital

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Hace unos días estaba yo sumido en el desarrollo de un cómic que me han encargado recientemente y llegó mi amigo Félix a visitarme. Él es muy buena gente y tiene como punto a su favor que es un apasionado de los comics, lo cual me permite tener ocasionales pero largas charlas sobre diversos temas relacionados con este fantástico mundo. El único problema es que suele venir acompañado por su mujer y sus cuatro hijos, los cuales son el símil más actualizado que he encontrado a "Atila y los hunos". Nada vuelve a ser como antes, especialmente jarrones, floreros, lámparas y algún que otro mobiliario doméstico. En esta ocasión no derribaron la puerta por lo que tuve tiempo para una animada charla.

En esta visita mi amigo Félix me pilló pasando a "línea limpia" (entintando) unos bocetos para el cómic que he mencionado y surgió un intenso debate sobre el uso de la tableta digitalizadora. No es la primera vez que alguien me pregunta sobre este tema y es uno de mis favoritos ya que, no en vano, la tableta es uno de mis más firmes aliados en el desarrollo de comics e ilustraciones.
La primera pregunta que me suelen hacer es sobre la conveniencia o no de utilizar la tableta. Según mi opinión, eso es algo que está condicionado por la forma de trabajar de cada uno pero de lo que no cabe la menor duda es que es un avance significativo en cualquiera de las facetas del desarrollo de una historieta.

Posiblemente por que soy un romántico, no estoy dispuesto a renunciar a la magia del lápìz y el papel. Con independencia de los ensayos y los apuntes que se puedan tomar en el cuaderno con anterioridad al trabajo, sigo elaborando los bocetos con lápiz ya que se trata de una de las tareas más gratificantes de todo el proceso. Es donde realmente se puede desarrollar todo el poder creativo... guarreando con el lápiz sobre hojas de papel.

En general creo que es interesante llegar a un boceto lo más detallado posible para que cuando pasemos a la "línea limpia" el trabajo sea más rápido y la planificación del dibujo esté ya desarrollada. Con el boceto terminado y con el máximo de detalles posible, es el momento de escanear el dibujo.

A la hora de escanear recomiendo hacerlo a una resolución media-alta (600 ppp puede estar bien) que nos permita obtener una mayor calidad final en el dibujo al adaptarlo a resoluciones de impresión (entre 150 y 300 ppp).

Y aquí es donde la tableta digitalizadora comienza a ser un aliado incuestionable. Pero antes, mucho antes, es cuando debemos plantearnos si queremos adentrarnos en el mundo digital o si, por el contrario, preferimos seguir con el trabajo más tradicional.

Si optamos por el trabajo digital lo más probable es que en el plazo de varias semanas ya nunca más demos marcha atrás. Habrá una fase preliminar en la que el lápiz seguirá siendo un aliado indiscutible (ya lo hemos comentado) pero la calidad, la rapidez y la productividad del ordenador es incluestionable.

Una vez emprendido, pues, el "camino digital", una de las primeras decisiones a las que nos debemos enfrentar es si necesitamos realmente una tableta digitalizadora o si se trata tan solo de un capricho. Yo lo tengo claro, si se trata de un capricho lo que hay que hacer es comprarla y punto (es como si te compras una mandolina simplemente por que te gusta, aunque no entiendas ni un piñón de música).

Ahora bien, si de lo que se trata es de dibujar con ella es recomendable hacer un pequeño análisis previo sobre lo que estamos buscando ya que la gama de tabletas es bastante amplia.
Si nos centramos en la ilustración y la creación de comics, lo primero que debemos tener claro es el tamaño de la tableta digitalizadora. Aquí el tamaño sí importa, aunque no como os estáis imaginando. Los fabricantes se han decantado en principio en tamaños que oscilan entre el A6 (148 x 105 mm) y el A3 (420 x 297 mm) con una tendencia, cada vez más generalizada en los nuevos modelos, a un formato tipo 16:9 (panorámico) a fin de seguir la misma tendencia de los monitores.

A la hora de valorar la tableta más idónea para nosotros, hay que tener en cuenta cual es la forma en la que estamos acostumbrados a dibujar: con los dedos, con la muñeca o con el brazo.
En general, y sobre todo los dibujantes más autodidactas, la tendencia es realizar los trazos con el movimiento combinado de los dedos y la muñeca (con prevalencia de los primeros), lo cual facilita la precisión pero produce como resultado un trazo más inseguro y que frecuentemente deberemos retocar hasta conseguir el resultado que realmente buscamos, especialmente en trazos largos. Por el contrario, la utilización del brazo para dibujar nos ofrece trazos más seguros y amplios donde prácticamente todo nuestro cuerpo se implica en el movimiento.

Más de una vez he visto a compañeros que han optado por comprar una tableta de tamaño A3 pensando que el "burro ha de ser grande, ande o no ande". El resultado ha sido que se han visto obligados a cambiar su forma habitual de dibujar y por tanto los resultados eran mucho más desalentadores de lo que podían imaginar.

Hay que tener presente que cuando la tableta digitalizadora sea grande (especialmente modelos A3 o XL) nos veremos obligados a trazos muy largos y amplios, cosa que no es habitual en quienes trabajan sobre papel desde siempre. Por el contrario, elegir una tableta en formatos muy pequeños (tipo A6) nos ofrece la posibilidad de trabajar el detalle con el simple movimiento de los dedos pero, como contrapartida, los trazos amplios resultarán muy "pixelados" en el resultado final.

Mi recomendación es el uso de una tableta de tamaño mediano (el tipo A5 especialmente) ya que obtendremos mayor versatilidad en todo tipo de trazos, salvo que exista una especialización del dibujante que le oriente claramente hacia otro tamaño.

Un segundo aspecto a decidir es un concepto relativamente novedoso: la presión. Si bien es algo que instintivamente usamos desde siempre cuando dibujamos con lápiz, debemos ser conscientes de que en la tableta también es posible diferenciar los tipos de presión para diversificar el tipo de trazo, e incluso los grados de inclinación del lápiz. Hay tabletas para las que la presión es única y otras que tienen hasta 2400 niveles de presión. No cabe duda de que esto es para los usuarios más avanzados en los que el matiz de la línea tiene importancia y es especialmente importante cuando tratamos de aplicar efectos tales como aerógrafo, brochas y similares, donde el nivel de presión va a ofrecer resultados muy dispares. A fecha de hoy, solo los fabricantes más avanzados ofrecen esta gama de posibilidades y, entre ellos solo Wacom garantiza el máximo nivel de prestaciones en cuanto a presión e inclinación lo cual se refleja, como es obvio, en el precio.

Hay otros detalles interesantes a la hora de elegir una tableta digitalizadora como pueden ser los botones personalizables o los recambios que acompañan a la tableta, pero la experiencia pone de manifiesto que al final uno suele trabajar con pocas opciones de todas las que se ofrecen con las modernas tabletas y a la postre es más útil la utilización de los recursos del teclado (teclas de atajo).

Un tema interesante es el de las tabletas digitalizadoras que son, a la vez, monitores (como el caso del modelo Cintiq de Wacom). No he tenido la suerte de utilizarlas alguna vez pero os aseguro que caerá antes o después ya que todo el que conozco que la ha utilizado no ha sido capaz de explicarme nada sobre ella sino que lo que siempre he visto ha sido una amplia sonrisa en sus caras. Descriptivo, sí señor.

Volviendo al principio, la tableta digitalizadora es un elemento clave en la calidad de los dibujos cuando utilizamos el ordenador, pero no elimina la totalidad del proceso anterior (basado en el lápiz) ya que la labor de bocetar es compleja para ser realizada con la tableta a pesar de lo que algunos fanáticos digan en su defensa.

En un próximo post os detallaré el proceso creativo que se puede llevar a cabo con la tableta así como algunos trucos.

Hale, a descansar.
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jueves, 5 de noviembre de 2009

Yo conocí a Francisco Ayala

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He de reconocer que cuando me dijeron que el escritor Francisco Ayala iba a darnos una charla tuve que preguntar a alguno de mis compañeros sobre quien era ese tipo del que, por cierto, todo el mundo conocía detalles de todo tipo. Yo era de “ciencias”, o al menos así se nos clasificaba a los que desde jovenzuelos nos orientamos hacia estudios más relacionados con la experimentación que con el pensamiento.

No le atribuí demasiada importancia al acto aun a sabiendas (tras una breve investigación entre mis compañeros) de que se trataba de uno de los “ilustres” de la Generación del 27. Ese fue uno de los datos que más me había llamado la atención al vincularlo directamente con otros autores como Federico García Lorca o Antonio Machado, más conocidos a la sazón incluso por gente como yo.
Estábamos en la primera mitad de la década de los ochenta, no recuerdo el año exacto, pero el caso es que llegó el día y sin tener nada mejor que hacer (supongo que aquel día no tocaba estudiar) me dirigí a la sala donde se daban las conferencias en mi colegio mayor.
Al cabo de un rato entró por la puerta este hombre de apariencia débil que ya en aquel momento me pareció muy mayor (todavía disponía, sin saberlo, de más de un cuarto de siglo por delante para sembrar cultura y conocimiento). Yo tenia veintipocos años pero recuerdo perfectamente aquella charla en la que nos habló sobre lo que había supuesto la evolución política de nuestra España en el desarrollo literario de la primera mitad del siglo XX. Sencilla conferencia pero genial.
Pero lo que me cautivó en verdad no fue esa charla sino las más de dos horas que nos dedicó posteriormente en la cafetería a un pequeño grupo de muchachetes hablando de cosas más banales y, en cualquier caso, respondiendo a cuantas barbaridades se nos pasaban por la cabeza. Lo que nos impactó a casi todos fue la aparente sencillez, a la vez que fuerza, con la que se expresaba Francisco Ayala. Si alguna vez tuvo rencor hacia algo o hacia alguien con motivo de su exilio, tuvo buen cuidado de no exhibirlo. Todo lo contrario, habló de cómo la circunstancia política, a parte de desembocar en la persecución de compañeros y conocidos, había contribuido a enriquecer los puntos de vista y el pensamiento de quienes tuvieron, como él, que marchar fuera de nuestro país por la intransigencia de unos y otros. Habló de muchas otras cosas, no recuerdo la mayoría de ellas, pero el punto en común era un conocimiento profundo de las personas y una forma de hablar que cautivaba.
Nunca leí alguna de sus obras ni me hizo falta. Aquel día conocí a una gran persona con una mente brillante y una sencillez que le otorgaba la fuerza de la que carecíamos cualquiera de los jóvenes que le rodeábamos. Desde entonces, cada vez que he escuchado su nombre o aparecía en algún medio de comunicación me apresuraba a decir a quien me oyera que “a ese tipo lo conozco”.
El otro día escuché hablar de él cuando anunciaron que había fallecido. Pues sí, a ese tipo lo conocí hace veinticinco años. Y me impresionó.
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