sábado, 1 de mayo de 2010

De la pasión por el cómic a la dictadura del trabajo

Hace unos días, con ocasión de una reunión de la familia, se me sentó uno de mis sobrinos y me dijo algo así como “Oye, tito, de mayor quiero ser dibujante como tú””¿Tu crees que podré ser millonario?”.

Mi primera reacción fue la de soltar una tremenda carcajada la cual hizo que las treinta personas que había en aquella sala se volvieran hacia mí esperando que les relatase de nuevo el chiste a todos ellos.

Tras unos segundos de suspense, me volví hacia mi sobrino y me propuse explicarle lo que significa realmente ser un dibujante de comics y, lo que era aún más interesante, hacerle un esquema claro y conciso de lo que significa la expresión “llegar a ser millonario”. Estaba claro que su cabeza estaba todavía más cerca de los cuentos de Disney que de la cruda realidad.

Y en verdad se trata de un tema interesante que va mucho más allá de una reflexión sobre la profesión de dibujante sino que es aplicable a cualquier otra pasión que podamos tener por una dedicación concreta.

Cuando comienzas a dibujar y descubres que eso es lo que te gustaría hacer el resto de tu vida suele ser a una edad temprana. Los primeros comics que caen en nuestras manos suelen ser los habituales de la pubertad y la adolescencia, es decir, Mortadelo y Filemón, Asterix, Tintín y los americanos de toda la vida (Superman, Spiderman, Los Cuatro fantásticos, Batman y un larguísimo etcétera). En esa tierna edad que muchos añoran solemos estar dedicados a sacar nuestros estudios adelante y el dibujo forma parte de nuestro ocio. Encontramos ratos, por pequeños que sean, en los que nos agarramos a lápiz con sarna hasta gastarle la punta. Pero no aspiramos a más. No pretendemos en ese momento más que dibujar con la sana e inconfesable aspiración, a veces, de presumir ante las niñas de nuestra clase o incluso a que nuestros padres digan esa frase tan manida de... “¡mira que bien pinta mi niño!”.

En la juventud, una vez pasados los dieciséis años, empiezan a aparecer anhelos de grandeza y es el momento en el que muchos empiezan a plantearse la participación en concursos de la más diversa índole (carteles, cómic, ilustración, felicitaciones navideñas, etc.). El problema se agrava en el preciso momento en el que tenemos la suerte (según se mire) de ganar algún concurso. Ese día nos sobreviene un inmenso subidón de autoestima y nos planteamos seriamente, por primera vez, que se puede ganar dinero con esto del cómic.

A partir de esas edades es cuando los que realmente nos gusta esto del dibujo nos presentamos a todos los concursos de los que tenemos noticias y tratamos de asistir a cuantas reuniones, congresos o exposiciones sobre cómic se celebran en cualquier rincón de la geografía nacional (algunos incluso más lejos). No cabe duda, nos decimos a nosotros mismos, me voy a dedicar profesionalmente al dibujo.

Esta última frase dicha en voz baja no suele provocar más reacción que la de matricularnos en la escuela o facultad de Bellas Artes (o similar) a fin de estudiar, aprender, practicar y prepararnos para una vida dedicada al dibujo.

Las diferentes fases de la vida que hemos relatado hasta ahora suelen estirarse hasta los veintipocos años, más o menos. En todo ese periodo lo más normal es que nuestras necesidades vitales estén cubiertas por los progenitores, esto es, no tenemos que buscarnos un empleo para poder dormir, comer o mantener una familia. Esto significa que no tiene relevancia que un día (o una semana, o un mes entero) te levantes y no tengas ganas de dibujar. O simplemente no estés inspirado. Ya llegará el momento en que te apetezca hacerlo de nuevo por que sigues amando el dibujo y sabes que siempre estará ahí cuando lo necesites para dar rienda suelta a tu creatividad... en el momento que sea.

Cuando, pasados los años, has conseguido tu meta, la de dibujar profesionalmente, las cosas cambian radicalmente. Sumido en esa nueva situación, necesitas dibujar para dormir, para comer y para mantener una familia. Es en ese momento cuando no te puedes permitir el lujo de estar supeditado a tus ganas de dibujar o no. Simple y llanamente, tienes que hacerlo.

El problema es que la inspiración es un hada que aparece y desaparece a su antojo. No está ahí, como Campanilla para Peter Pan, cuando la llamas sino que viene o se va sin previo aviso. Pero tú, sin embargo, debes cumplir por que te pagan para ello. Ese es el momento más duro, cuando debes dibujar por obligación y no por pasión. Puedes llegar a odiar el lápiz, el papel y el dibujo en toda su dimensión. Te hallas sumido en la dictadura del trabajo, donde las hadas no suelen penetrar y donde los colores se vuelven más pálidos. Puede llegar a ser muy frustrante.

Hay editores que conocen la importancia de las hadas y otros que solo dan relevancia a las cuentas de resultados. Los primeros son los que nos permiten sacar lo mejor de nosotros mismos y nos crean el ambiente adecuado para seguir dibujando con pasión, como cuando éramos adolescentes. Los otros son los que te hacen odiar tu profesión.

Todos, absolutamente todos los dibujantes con los que he hablado de este tema me reconocen que alguna vez en la vida han llegado a sentir esa situación de angustia ante las exigencias de los plazos de entrega o la necesidad de cambiar páginas enteras por indicación expresa del editor. Eso se acentúa, todavía más, cuando se trata de dibujantes que no desarrollan sus propias creaciones sino que deben dibujar los personajes de terceros simplemente por que son los que dan dinero a la editorial para la que trabajamos y son los que nos permiten llevar un sueldo a casa a fin de mes. Este último caso se produce sobre todo en los que dibujan para las editoriales americanas o japonesas de cómic y manga, respectivamente.

El dibujante profesional añora muchas veces cuando el dibujo era su hobby y no su obligación y es por ello que siempre debemos hacer un esfuerzo para que esa sensación perdure a lo largo de nuestra vida. Es la mejor forma de conseguir que las hadas no se vayan de nuestro lado.

Volviendo a mi sobrino y su dichosa pregunta, y al ver que tras semejante reflexión me puso cara de pocos amigos le dije que esto no solo ocurre con el dibujo. Esto pasa con todo. Geólogos, informáticos, médicos, farmacéuticos, abogados, mecánicos, deportistas o pianistas... todos ellos han experimentado alguna vez en la vida esa sensación de opresión, de dictadura, cuando el hobby se ha convertido en obligación. Por que para todas y cada una de las cosas que hacemos en la vida es importante tener a nuestro lado un hada. Y si son varias, mejor.

5 comentarios:

Visto Desde Atrás dijo...

Gusto de leer tus reflexiones Toté. Ánimo y que te lluevan las hadas...
Un abrazo.

Koldo Ariza dijo...

Una vez más, su reflexión me parece sobresaliente.

Ignacio Duato dijo...

Me he identificado muchísimo con tu artículo, por el que te felicito sinceramente. El mayor temor de los artistas es que desaparezca el don de la inspiración o, lo que es peor, el amor por lo que hacemos al salir al escenario. Es terrible cuando te encuentras ante cientos de personas y ves que nada te sale del cuerpo, que estás agotado y que tienes que trabajar como un autómata. En esos momentos uno piensa en dejarlo. Me ha parecido un escrito de gran brillantez. pocas personas son conscientes de esas situaciones aun siendo presas de ellas. Un abrazo y perdón por haberme alargado.

José Artero dijo...

Hola amigo. Soy dibujante y llevo más de veinte años en esta profesión con la que me gano la vida. Jamás en mi vida he leído algo tan acertado como lo que planteas en tu artículo. Yo he sufrido momentos de verdadero odio hacia el dibujo cuando he tenido que presentar algún trabajo en fecha y no podía por falta de inspiración. Alguna vez, sobre todo hace años, prticipé en algún concurso de cómic y la sensación, como dices, era totalmente diferente. Me siento plenamente identificado con tu extraordinario texto. Por cierto, tus dibujos son magníficos. Un saludo. JoseArt.

Eugenio dijo...

Doy fe...