jueves, 13 de septiembre de 2012

Al Sur de Granada


El Sur suele tener connotaciones pobres y románticas por igual. Pobres cuando hablamos de economía y de sociedades atrasadas. Porque siempre hay alguien al Sur que es más pobre que tú. Pero, como digo, también es una acepción romántica del mapamundi. ¿Quién no ha soñado alguna vez con los Mares del Sur? ¿Y con los magníficos tesoros de los Reinos del Sur?

Desde que era estudiante, ya cogía un autobús de línea, cada vez que podía, con mochila y unas pocas monedas en el bolsillo. Me lanzaba a esa zona del mundo, auténtica, que se llama Alpujarra. Está al Sur de Granada, donde Sierra Nevada se rinde hacia el Mediterráneo. Me gustaba ir siempre al pueblo más alejado, Capileira, por pensar que hasta allí nunca llegarían mis preocupaciones. ¡Ah, si yo hubiera sabido en aquel momento que las preocupaciones de un estudiante no son comparables con las de un padre de familia!

Pero el caso es que allí arriba, a veces con amigos y a veces solo, me limitaba a imitar a los del lugar. Esa gente se dedicaba a vivir cada día con tranquilidad y con sosiego. Los relojes solían estar parados, siempre era la misma hora. ¿Para qué mirarlos si tienes allí arriba al Sol que te dice lo que tienes que hacer en cada momento? El tic-tac solo estropearía el silencio del paisaje.

En todos los pueblos de la Alpujarra siempre había alguien que te alquilaba una habitación y te daba una cena por unas cuantas monedas. Casi siempre fueron menos de las que llevaba en el bolsillo. Y cuando no lo fue, me lo fiaron con una sonrisa.

Hay dos imágenes que, en cualquier caso, me han quedado en la retina. La primera de ellas fue en un barecito junto al ayuntamiento de Capileira. No recuerdo su nombre ni falta hace. Se entraba a través de una puerta chirriante que invitaba a los que allí había a girar la cabeza a cada momento. En medio de la sala se erguía un chubasqui que caldeaba toda la estancia. Un penetrante olor a leña quemada que después tardaría semanas en perderse pero que sabía a calor. Y un chato de vino del lugar por once pesetas (unos ocho céntimos de euro) con tapa de magro que se reponía sola mientras hubiera vino en el vaso.
La otra imagen que guardo es la de unos trovadores que tocaban música de la que ya no se encuentra en las tiendas de discos. Eso fue en el Bar de los Buñuelos, a la entrada del pueblo. Dos personas del lugar con bandurrias en sus manos y que te metían de lleno en una atmósfera mudejar auténtica, sin aderezos turísticos. Esa música posiblemente la hubiera odiado en cualquier otro lugar, y seguro jamás compraría un disco de ella. Pero en aquel lugar, y tocada por aquellos trovadores te hacían permanecer horas sentado disfrutando cada nota como si fuera la última.

Hace apenas unas semanas que estuve allí de nuevo. Iba de paso por la zona y no resistí la tentación de acercarme a ver si estaban los trovadores por allí o el chato de vino se seguía pagando con pesetas. Ni lo uno ni lo otro. Pero la Alpujarra sigue teniendo más de una veintena de pueblos con mucho que enseñar y mucho con lo que enamorar.

Sí. Al Sur de Granada hay un lugar que se llama Alpujarra donde puede que haya pobreza, pero desde luego prevalece el romanticismo.

4 comentarios:

Paqui dijo...

Yo estuve en las Alpujarras hace unos meses y confirmo todo lo de su post. Son unos pueblos de ensueño y una gente entrañable. Gracias. Paqui Guerrero

Blanca Rodríguez G-Guillamón dijo...

Dan ganas de aventurarse entre sus callejuelas. Muy intenso el texto y muy buenos los dibujos.

Blanca Rodríguez G-Guillamón dijo...

Dan ganas de aventurarse a visitarlos. Un texto intenso y unos dibujos muy buenos!

Juan Oca dijo...

Certera visión de nuesrtos pueblos alpujarreños. Gracias, amigo. Juan Oca