sábado, 20 de septiembre de 2014

La independencia de Escocia

Somos seres sociales. Al menos, así es como definimos en general al ser humano. El término sociedad hace referencia al conjunto de individuos que comparten una misma cultura y que interactúan entre sí para conformar una comunidad.

Pero la complejidad del ser humano le lleva a formar parte de muchas comunidades. Solamente desde el punto de vista cultural, una comunidad puede estar basada en el idioma que comparten sus miembros, en el aislamiento geográfico, en una dedicación laboral concreta (gremios), en el gusto por una determinada música o en la defensa de unos valores específicos. De hecho, cualquier ser humano pertenece a diferentes comunidades al mismo tiempo. Y, en general, todas compatible entre sí.

En los últimos tiempos se nos ha presentado la apasionada cuestión de la independencia de los territorios. Sin entrar a valorar la legitimidad de unos u otros, tenemos por ahí a los escoceses, bávaros, catalanes, corsos, vascos, moldavos, crimeos, araneses, alsacianos o vénetos pidiendo su independencia. No todos, por supuesto, pero algunas voces sí que hay en cada una de esas regiones.

Por otra parte están los oportunistas. ¿Quienes? Sí, los oportunistas de la independencia.

Generalmente son políticos (aunque no siempre) que buscan mejorar su situación personal y aumentar su poder buscando un enemigo donde no lo hay. Acordémonos de Napoleón cuando decía, no sin razón, que "nada para acallar a un pueblo descontento como buscarles un enemigo fuera de casa". Y esa es, precisamente, la estrategia de los independentistas: Decidir que existe un enemigo externo, opresor, que quiere hacer desaparecer a la comunidad y sus señas de identidad. A partir de ahí, se repiten las mismas conductas en todos los casos: tergiversación de la historia, fomento del odio, exageración de las diferencias, etc.

La cultura de una comunidad no desaparece al estar dentro de otra más amplia, ni mejorará de forma significativa por ser independiente. Al contrario, las diferencias en sí mismas con sus vecinos son las que le enriquecerán.

La pena, la auténtica pena, es que el ciudadano de a pie no es consciente de que los únicos que ganan con la independencia son los políticos independentistas y sus amiguetes. El ciudadano vivirá con peores expectativas, más dudas y con menos horizonte social, mientras que el político manejará el presupuesto y las Leyes a su criterio con la excusa de la independencia, el país, el Estado.


Siempre es mejor sumar que restar, incluso en política. Los escoceses han sido capaces de entenderlo. Con el tiempo lo agradecerán.