jueves, 4 de agosto de 2016

Tenemos el país que nos merecemos, aunque nos guste

Me gusta España y me gustan los españoles. Me gustan nuestras costumbres, nuestra manera de ser y de vivir, nuestra forma de tomarnos la vida, nuestra vena latina y todo lo que, en definitiva, suene a nuestro. Estoy convencido de que no hubiera sido tan feliz habiendo nacido fuera de este pedazo de tierra que es la península ibérica. Y me gusta presumir cada vez que puedo.

Pero como la felicidad plena no existe, Dios tuvo la idea de compensar todo lo bueno que tiene este país regalándonos una clase política y un lobby financiero que a veces provocan un irrefrenable  deseo de salir corriendo. No quiero ponerme de mala leche, por lo que solamente voy a dedicarles dos párrafos.

Si me refiero a los políticos, esos profesionales con carné de partido, se me cae la cara de vergüenza de pensar que he votado a alguno de ellos. Todos se atribuyen méritos y derechos a gobernar o a sobornar al que desea gobernar con la excusa de los votos. Perdónenme, pero yo he votado para que gobiernen entre todos mi país y no para que luchen entre ustedes para ver qué partido saca más tajada. Si tuviesen el más mínimo rubor, renunciarían a sus salarios (que les pagamos todos los que esperamos ser gobernados) hasta que no se forme un gobierno. En el paro me gustaría verles a todos. A lo mejor funcionaría mejor España.

Los financieros son de otra pasta. A ellos todo esto les da lo mismo porque no trabajan ni producen. Se dedican a especular. Juegan con las expectativas ajenas (a veces incluso las propias también) para sacar tajada de cualquier cosa que se ponga a su alcance. Incluso cuando este país estaba arrastrándose en medio de una crisis que hemos sentido en todas las carnes, ellos presumían de beneficios. Para más escarnio, esos beneficios (y otros no declarados) se los llevan oportunamente a paraísos fiscales para que no peligren lo más mínimo.

Dicho esto, me quedo con las personas de a pie. No políticos ni financieros, sino personas humanas. Las hay buenas y malas, por supuesto, pero creo que hay una mayoría que es francamente voluntariosa.

Aun así, hay idiotas en mi país que todavía me sorprenden. Hoy he visto en las noticias de casi todas las cadenas que hay una familia que quieren llamar “Lobo” a su hijo y que califican el artificioso proceso mediático en el que se han metido como “la batalla más importante de su vida”. No niego el derecho de cualquiera a poner a su hijo el nombre que desee, pero la casualidad ha hecho que esa noticia saliera a la vez que otra en la que un padre con ELA, sin movimiento y sin habla, haya visto desde la cama, por videoconferencia, el nacimiento de su hijo. Y el otro dice que ponerle a su hijo, el nombre de Lobo, es lo verdaderamente importante. Está claro que éste es de los que ven el “Sálvame”.

Un buen amigo decía que si a la mitad de los españoles les diésemos la vuelta y los sacudiéramos caerían bellotas para llenar un saco.

Gente, políticos, financieros, idiotas, más gente… y muchas bellotas.


Sí, ese es mi país.


1 comentario:

Maria Isabel Garcia dijo...

AMÈN.